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miércoles, 28 de diciembre de 2011

LA BATALLA CONTRA LOS FRANCESES EN MASPALOMAS, EN 1685. (2ª Parte)

PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

La Casa – Fuerte de Santa Cruz del Romeral.

Los barcos pesqueros que realizaban la pesquería africana (normalmente una media entre 25 y 30 durante varios siglos) tenían forzosamente que pasar por la zona de Castillo del Romeral a cargar la sal para posteriormente dirigirse a las zonas de pesca en África, y volver a pasar por el sur de Gran Canaria en su viaje de regreso. También los barcos que se disponían a atravesar el Atlántico con destino a América pasaban por aquí.

Además, las costas de la zona sur de las islas, a sotavento, se encontraban protegidas de los vientos dominantes la mayoría del año, los alisios, de dirección norte o noreste, sobre todo en verano. En Gran Canaria esta costa era conocida con el nombre de “Las Calmas de Maspalomas”, costa comprendida desde Castillo del Romeral, hasta La Aldea. Siempre que sopla el viento alisio, en algún punto de esta zona se encuentra el corte del viento. Los habitantes de Castillo conocen bien la intensidad de los temporales, cuando a unos cientos de metros más al sur se encuentran las calmas, conocidas también con el nombre de "embate", zonas ideales para guarecerse del viento en caso de necesidad.

Era por esto, por lo que piratas y corsarios merodeaban por "Las Calmas" en busca de presas con objeto de robar mercancías, hombres para convertirlos en esclavos y naves, que muchas veces incendiaban y hundían. Además de lo anterior, desembarcaban en la costa, muchas veces desierta, causando el pánico entre la escasa población, para realizar aguadas y pillajes. La charca de Maspalomas y Pozo del Lentisco, (Tarajalillo), eran lugares apetecibles para ello al contar con afluentes de agua y ser zonas de fácil desembarco.
Castillo de San José en Lanzarote, similar
 a la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral

Los salineros de las Salinas de Abajo, (al sur de Juncalillo del Sur) construidas en el siglo XVI, solían quedarse a dormir en la cueva de los salineros, (visible hoy día desde la autopista en la zona de montaña más cercana a las salinas), previendo el ser capturados por piratas.

Por todo lo anterior, con el fin de proteger las salinas, se comienza a construir en 1681, la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral. En 1703, toma posesión el primer alcaide y aparte de los salineros, esclavos y dotación del Castillo, “… a un tiro de mosquete se hallan hasta treinta personas (La Caleta), y a un cuarto de legua Juan Grande, con cuarenta personas de asistencia (…) de dicho paraxe…” lo que nos da información de la escasa población de aquellos tiempos.

Domingo Déniz Grek describe en el siglo XIX, el castillo y los habitantes: “… a seis leguas y media de la ciudad de Las Palmas se deja ver un monumento en prueba de lo que sufrió esta Isla en el siglo XVII, al mismo paso que acredita en cuan alto grado ha dominado siempre el valor marcial a sus habitantes…”. La fortaleza tuvo mejoras durante el siglo XVIII y prosigue Déniz “…que tras las remodelaciones llegarían a poder alojarse hasta los trescientos o cuatrocientos hombres. Los servicios prestados por el castillo fueron muy importantes en cuanto a la defensa de la Isla, de la industria salinera y de los buques de cabotaje y pesca que, perseguidos por los corsarios, se iban a refugiar bajo su potente artillería.”

La construcción, el mantenimiento y la dotación del Castillo, que fundamentalmente estaba constituida por los salineros, fue realizada y costeada de forma privada por Antonio Lorenzo Betancor, dueño de las salinas de la zona. Lorenzo fue abuelo del coronel Antonio de la Rocha y nieto del capitán Antonio Lorenzo, negociador con Van der Does junto con Cairasco de Figueroa, en la invasión de los holandeses a la ciudad de Las Palmas en el verano de 1599.

De la capacidad de la Casa Fuerte, nos da cuenta en 1779, el capitán Miguel Hermosilla, enviado a Gran Canaria, como ingeniero militar con la misión de realizar un informe sobre las defensas militares y hablando de la preparación, y condiciones del castillo afirma: “…siendo la única fortaleza que está en disposición de hacer una defensa honrosa en la Isla”.


A principios del siglo XIX, se encontraba al mando de la Casa Fuerte como condestable, Blas Antonio Guedes Gordillo, además de mayordomo de las salinas. Este hombre fue el ascendiente de los Guedes de Castillo del Romeral y Juan Grande. 

Blas Guedes estuvo al servicio de los dos últimos alcaides de la Casa fuerte que fueron el coronel José Antonio de la Rocha Alfaro, y su hijo el teniente coronel Cayetano Agustín de la Rocha Lorenzo de Bethencourt y Carvajal.

Restos existentes en la actualidad de la Casa Fuerte

Jose Antonio de la Rocha, interviene en la Guerra contra Francia al mando de la Granadera Canaria y fallece en la guerra contra los ingleses en 1800 en un combate contra cinco navíos ingleses, cuando regresaba de Cádiz a Canarias. El último alcaide, Agustín de la Rocha, toma posesión en 1803 y participa, como ya lo habían hecho sus antepasados en la guerra correspondiente,  la  de la independencia contra Napoleón en 1809. Aunque no tenemos la certeza de que sea así, es muy seguro que Blas Guedes participara con sus señores, los dos últimos alcaides, en las guerras en las que intervinieron.

Restos existentes en la actualidad de la Casa Fuerte
Sobre 1800 había un joven salinero en las salinas del Castillo, llamado Francisco Tomás Morales, que seguramente estaba emparentado con Blas Guedes, pues sus padres se llamaban Francisco Morales Guedes y Mariana Alfonso Guedes. Este joven que era analfabeto, recibió entrenamiento militar durante su estancia en la Casa Fuerte y de seguro participó en algún combate. Esto lo creemos así porque en 1801 se traslada a Venezuela donde se establece como comerciante, aprende a leer y a escribir, e ingresa en la milicia, donde realiza una carrera fulgurante, pasando de soldado a capitán general de Venezuela en 20 años, a consecuencia de la guerra de independencia que se desarrolla contra el general Bolívar. En 1823 Venezuela consigue la independencia y Morales regresa a Canarias donde es nombrado Capitán General.

A mediados de siglo XIX, la casa fuerte deja de cumplir las funciones que tenía encomendadas al desaparecer la piratería y se utiliza como almacén de las salinas, hasta los años 60 del siglo XX. En la actualidad solo quedan los restos de dos habitaciones con tejado a dos aguas, que se encuentran incluidas en casas particulares.

El Ataque de 1685.

Después de todo lo explicado creemos que los hechos pudieron haber sucedido de una forma parecida a la que vamos a relatar.

Es muy probable que el navío o navíos franceses hubieran sido avistados desde alguna de las atalayas o se tuvieron noticias del desembarco en Maspalomas para hacer aguada.

En Agüimes creemos que la Atalaya estaba situada en las montañas cercanas a la villa, lugar donde encendieron la hoguera para comunicar la presencia de enemigos a las demás compañías de la isla y a los vecinos del pueblo. En la iglesia las campanas doblaron a rebato y los milicianos se dispusieron a abandonar sus labores, animales y casas para ponerse a las órdenes del capitán Diego Romero, como otras tantas veces, muchas de las cuales eran falsas alarmas, según nos cuentan las crónicas.

En esta ocasión no era una falsa alarma, como por desgracia no lo había sido en épocas anteriores.

Así en 1595 Francis Draque y John Hawkins, corsarios ingleses, atacan Las Palmas de Gran Canaria con 28 navíos y galeones y 2.500 hombres desde donde son rechazados y se dirigen al sur hasta llegar a Arguineguin, “donde desembarcan 20 alabarderos, a fin de hacer alguna aguada de que tenían necesidad. Al punto que los vieron ganaderos del contorno, corren a embestirles armados de piedras y garrotes, matan algunos, rinden dos prisioneros y los demás huyen precipitadamente a sus lanchas, juzgando que toda la isla se les echaba encima”. (Rumeu de Armas, A: Canarias y el Atlántico Piratería y ataques navales. T. II, 2ª p. 673-743). Algunos autores apuntan a que el desembarco fue en Arinaga y no Arguineguin.

Francis Draque, uno de los corsarios mas famosos de la historia.
De la misma manera el corsario holandés Van Der Does, con 73 navíos y 12.000 hombres ataca e invade la ciudad de Las Palmas en 1599 pidiendo un rescate por la misma. Al no obtener lo pedido incendia la misma y se dirige al sur:

“…aviendo salido esta armada deste puerto de Canaria, jueves ocho de julio, otro día viernes amaneció en el puerto de Maspaloma, que son las calmas de la isla y allí estuvieron hasta otro día sábado, saltó alguna gente en tierra con algunos muertos que enterraron, poniendo piedras grandes en señal de sepultura cerca de la playa, y dieron vela y después se a sabido que miércoles, catorce del mes de julio entro en la isla de la Gomera…” (Una relación del ataque de Van der Doez. Pág. 106. Revista El Museo Canario 33 y 34)

Por último, hacemos referencia al campamento inglés de Maspalomas, de 1797, en cuyo artículo del mismo nombre de Felipe Enrique Martín Santiago, publicado en este blog, se da cuenta de un desembarco enemigo en Maspalomas, en plena guerra, esta vez con Inglaterra, y de los distintos ataques ingleses que durante ese año de 1797 se desarrollan en el sur de Gran Canaria.

Despues de mostrar estos ejemplos volvemos a nuestro ataque de 1686. Creemos que una vez reunida la compañía de Agüimes tras el rebato, esta se dirigió a la costa, donde realizó el seguimiento de las naves, o se dirigió directamente a Maspalomas si allí ya se encontraba el enemigo. Por esas fechas la Casa Fuerte del Romeral, se estaba comenzando a construir y los milicianos debieron pasar junto a sus muros y las salinas en persecución del enemigo.

No conocemos el desenlace del combate, pero creemos que no fue muy favorable a los intereses canarios, por el número de bajas y porque no nos han llegado noticias de la batalla. Creemos que si hubiera sido a favor de los agüimenses se hubieran destacado los hechos y hubieran tenido más repercusión, como los dos primeros ejemplos que hemos citado anteriormente que sí han pasado a la historia.

Por otro lado damos a conocer otro importante dato que creemos relacionado con ataques piratas. Hemos relatado como se entierran en Maspalomas los cuerpos de los milicianos muertos para posteriormente ser llevados a Agüimes, mientras que los muertos holandeses, considerados herejes, son enterrados en la Playa de Maspalomas.

En una zona de las Salinas del Romeral, que antiguamente era el punto de las salinas mas alejado de la Casa Fuerte, se encuentra el llamado "Balache de los Muertos", donde han aparecido muchos restos humanos. En este balache, (pequeña montaña de tierra donde se depositan desechos de las salinas) los antiguos habitantes de Castillo del Romeral decían que se enterraban los recién nacidos que fallecían sin estar bautizados.

Normalmente, los cadáveres de los fallecidos en el pueblo eran llevados con muchos esfuerzos, para ser enterrados en Agüimes, en una caja comunitaria y utilizada en todos los entierros, que se encontraba depositada en el Oratorio de la Casa Fuerte.
Calavera con agujero de proyectil encontrada en el "Balache de los Muertos"

Adjuntamos foto de restos humanos encontrados en la zona comentada, concretamente una calavera en la que se observa un orificio que creemos de entrada de un proyectil en el frontal.

Nuestra hipótesis es que estos restos humanos corresponden a algún pirata o enemigo, muerto en combate contra la Casa Fuerte que fue arrojado al mar y enterrado en ese lugar por ser la costumbre, al ser considerado hereje y no poder ser enterrado en el cementerio de Agüimes.

Es posible que en el futuro aparezca nueva documentación o descubrimientos que nos aporten más luz sobre el episodio de 1685, así como de los restos del Balache de los Muertos, como de otros combates que se sucedieron en el sur de Gran Canaria,  que nos reflejan la vida y sufrimiento que pasaron nuestros antepasados defendiendo sus vidas y haciendas. Reflejo de lo que nos hemos podido hacer una ligera idea con los datos y documentación aportados en este artículo.

BIBLIOGRAFÍA.

ALFARO HARDISSON, Emilio: Las Milicias de Tenerife en el siglo XVI. En (4ª. 2000 . La Laguna) Universidad de La Laguna. Cátedra Cultural "General Gutiérrez". Pág. 95.

BETHENCOURT MASSIEU, Antonio: La Revista del Regimiento de Telde de 1757. Revista Vegueta nº 4. 1999. Pág. 173.

BETHENCOURT MASSIEU, Antonio de: “Defensa militar de Gran Canaria”. Anuario de Estudios Atlánticos nº 43. 1997. pág. 106

Una relación del ataque de Van der Doez. Pág. 106. Revista El Museo Canario nº XXXIII-XXXIV. 1972-73.

GONZALEZ RODRÍGUEZ, Angel V.: “Mapa y estado de Gran Canaria del marqués de Tabalosos (1770-1776). En Anuario de Estudios Atlánticos nº 41. 1995. pág. 569-575.


GUIMERÁ RAVINA, Agustín y BLANCO NUÑEZ, Jose María (coords.) - Guerra naval en la Revolución y el Imperio: Bloqueos y operaciones anfibias, 1793-1815 . - Marcial Pons Historia, Madrid - 2008 - 443pp.

HERMOSILLA, Miguel: Descripción topográfica, política y militar de la isla de Gran Canaria. 1785. Copia de D. Agustin Millares. 1877. Archivo del Museo canario. Pág. 43.

MARTIN SANTIAGO, Felipe Enrique: El campamento inglés de Maspalomas, de 1797

MÉNDEZ CASTRO, Juan, «Franceses en Maspalomas en 1685», Boletín Millares Carlo (UNED, Centro Asociado de Las Palmas), 4, (1981), pp. 379-384

MORALES PADRÓN, en MILLARES TORRES: Historia general de las Islas Canarias. 1977 Pág. 304. y MORALES PADRÓN, Francisco: “El último capitán general de Venezuela: el canario Francisco Tomás Morales”. III Coloquio Canarias-América. LPGC, 1978. Pág. 87-94 y “Documentos sobre Francisco Tomás Morales Afonso”, Sevilla 1978. Dossier de documentación variada sobre este tema en el Museo Canario.

RUMEU DE ARMAS, A: Canarias y el Atlántico Piratería y ataques navales. Edición facsimil. Gob Canarias y Cabildo GC. 1991.

“Sumaria historia orgánica de las Milicias canarias”. El museo Canario. (1951- 1953). Pág. 141.

TARAJANO PÉREZ , Francisco: La bandera de Agüimes.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

LA BATALLA CONTRA LOS FRANCESES EN MASPALOMAS, EN 1685. (1ª Parte)

Iglesia antigua de Agüimes donde fueron enterrados los milicianos, en el momento de contrucción de la nueva entre 1890 y 1900. Archivo FEDAC.

PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

Por este nombre nos describen los escribanos de la villa de Agüimes  un hecho de armas desarrollado en Maspalomas en el que murieron cinco milicianos de la comarca. Lo único que conocemos y que ha quedado para la historia sobre estos hechos es la constatación de la defunción de los fallecidos en el Archivo Parroquial de Agüimes, hecho que fue sacado a la luz en 1981 por Juan Mendez Castro en un artículo titulado Franceses en Maspalomas en 1685”

En el enfrentamiento mueren el capitán Diego Romero, el alférez Sebastián Bordón de Sotomayor y los 5 milicianos: Francisco de León, Francisco Artiles Melián, Juan Pérez Macias, Juan Rodríguez Peña y Juan de Artiles.

En la partida de defunción del capitán, con el mismo texto para los demás fallecidos, figura:

Recreación de la Batalla de Tamasite en Tuineje ( Fuerteventura,)
 contra los ingleses en 1740. Foto: bienmesabe.org
“En veintiuno de septiembre de mil seiscientos ochenta y cinco, falleció el susodicho capitán don Diego Romero, vecino de esta Villa, Ab intestato. Enterrose en el pago de Maspalomas por haber muerto riñendo con los franceses y no poderle traer a la parroquia”. (Archivo parroquial de Agüimes, libro 1º de Colecturías, folios 197 recto y siguientes.)

Un año después, el 9 de septiembre de 1686, los restos de los muertos, transcurrido el tiempo de putrefacción, son trasladados a Agüimes, para ser sepultados en la parroquia en un acto con bastante pompa.

“En nueve días del mes de septiembre de este año de mil seiscientos y ochenta y seis, trajeron de Maspalomas los cuerpos del capitán D Diego Romero, alférez Sebastián Bordón, Francisco de León, Juan Pérez Macías, Francisco de Artiles, Juan Rodríguez Peña y Juan de Artiles, los cuales estaban enterrados en el pago de Maspalomas (…) y se enterraron en esta parroquia todos en una sepultura de la iglesia, la cual se les dio de gracia...” (Archivo parroquial de Agüimes, libro 1º de Colecturías, folios 211 recto y siguientes.)

Los hechos son catalogados en la época como batalla e incluso como guerra. Así tenemos un protocolo del escribano Lucas Betancourt, el 17 de octubre de 1685 expresando que las autoridades ordenan hacer el inventario de los bienes de los fallecidos “en la guerra que hubo en Maspalomas con los franceses” (AHPLP, Legajo 2504, folios 466 y sigs.) y otro protocolo del mismo escribano indicando que el capitán don Diego Romero “había muerto en batalla que tuvo con los franceses en Maspalomas” (AHPLP, Legajo 2505, folios 548 y sigs.)

Hasta aquí lo poco que conocemos del ataque. Seguidamente aportaremos información de como era en aquellos tiempos la defensa del sur de la isla y de otras acciones  de armas que nos van a ayudar a hacernos una idea de como se debieron desarrollar los hechos de 1685.

Los Rebatos o Alarmas.

Desde la época aborigen se establecieron atalayas de vigilancia en lugares altos de la isla para dar la señal de rebato en caso de divisar naves enemigas y en su caso huir al interior de la isla o preparar la defensa. Ya hemos comentado en varios artículos la función de Montaña de Las Tabaibas, como atalaya de vigilancia además de montaña sagrada, (AMURGA, EL SANTUARIO PERDIDO V. LOS RESTOS ARQUEOLÓGICOS DE MONTAÑA DE LAS TABAIBAS.)

Después de la conquista, continuaron estas atalayas de vigilancia y se establecieron otras. Todos los habitantes conocían lo que debían hacer cuando había una alarma, hecho  muy frecuente, debido a la constante presencia de piratas y corsarios y por las continuas guerras contra Francia, Inglaterra, Holanda o contra los berberiscos.

Un ejemplo de protocolo en caso de alarma lo tenemos en 1805, cuando se dictaron normas de un plan de defensa y actuación que debió de haberse hecho de forma parecida en las épocas anteriores:

“...la atalaya de La Isleta al divisar formaciones al menos de cuatro buques grandes lo señalarán al Castillo de La Luz y este mediante bandera al de Santa Ana, que disparará un cañonazo. Inmediatamente la plataforma disparará otros dos sin bala y el Castillo del Rey o San Francisco disparará tres, de ellos dos hacia el interior. Los milicianos acudirán a las armas. El humo de la atalaya implicará que todas las del resto de la Isla mediante el mismo método anuncien el peligro. Al primer disparo las campanas de las Iglesias tañeran a rebato para alertar al vecindario. En caso de segunda alarma, confirmatoria, el vecindario inútil para la defensa se retirará al campo y si es de noche dejarán encendido el farol de sus casas. Los milicianos acudirán a los puntos señalados por sus jefes y el paisanaje a las playas ya citadas. El paisanaje debe acudir con sus garrotes, rozaderas y armas, así como azadas, palas y picos”. (Antonio Bethencourt Massieu: Defensa militar de Gran Canaria)

Como medida de precaución, las villas y poblados antiguamente se asentaban en lugares no visibles o retirados de la costa. Tales son los casos de Tunte, Santa Lucía, Agüimes.

Las Atalayas

Algunas de las antiguas atalayas son hoy día conocidas, porque han dejado el nombre en la toponimia del lugar. Tal es el caso de La Atalaya de Santa Brígida y La Atalaya de Guía. 

Las atalayas del sur de la isla, estaban a cargo de las compañías de la población  cercana donde se situaban y eran tres, una en el Puerto de Melenara, otra en Agüimes, a una legua del mar y la última en Tirajana, demarcación de la 8ª Compañía, desde la cual se divisaba toda la costa del sur, desde la Playa y Puerto de Gando, hasta el Charco y Puerto de Maspalomas. (Miguel Hermosilla: Ob. Cit. Pág. 43.)

El servicio de guardas y atalayeros se realizaba por los milicianos en estos puntos elevados, donde estaba prohibido coger leña, pues esta era destinada a las hogueras, que debían hacerse para avisar a la población, cuando había rebato con señales de humo convenidas cuando descubrían velas extrañas. Como ya hemos comentado, la alarma, cuando se veía la señal de humo, se extendía por la población al sonido de tambores, caracolas o campanas. Las mujeres ancianos y niños, salían en desbandada, temerosos hacía las montañas del interior. Todos los hombres útiles se dirigían al lugar de reunión para combatir.

El Regimiento de Telde.

La defensa del sur de la isla desde Jinamar hasta Veneguera, estaba encomendada a este Regimiento que junto con los de  Guia y Las Palmas defendían Gran Canaria. El regimiento lo componían un número de compañías que según las épocas iban desde 9 hasta 14, siendo las del sur las compañías de Agüimes y Tirajana, normalmente la 7ª y la 8ª.

Las compañías estaban constituidas por todos los hombres que pudieran portar un arma a partir de 16 años, que tenían que llevar su propio armamento, ya que la corona no los pertrechaba, y este consistía en picas, palos, piedras y hondas.

Según Francisco Tarajano, “…en 1776, el capitán del Regimiento de Telde, D. Sancho Figueroa, al hacer la distribución territorial de las milicias, afirmaba que la quinta y sexta compañías correspondían a Agüimes, con los anexos de Ingenio, Sardina, Aldea Blanca, Juan Grande, Arguineguín y Maspalomas”. (La bandera de Agüimes ). A esta compañía, era a la que pertenecían los milicianos muertos, pues son enterrados en la villa de Agüimes.

En otras épocas, por intereses políticos se cambió la distribución y mandos de la compañía,  cambio que duró poco tiempo puesto que según Francisco Tarajano  Pérez “los antiguos agüimenses consideraron que sus costas se extendían desde Gando al Castillo del Romeral”, y a su vez los antiguos habitantes de Castillo del Romeral también se consideraban de Agüimes, pues era la villa más cercana y sus vecinos recibían el bautismo, se casaban y eran enterrados en Agüimes.

Milicianos de Canarias.
 Así, en 1770 se agrupó la 7ª compañía en los territorios del condado, de Aldea Blanca y Juan Grande, escasos de población a los que se les añaden Sardina (sin nombrarla) y Santa Lucía con su entorno dejando fuera a la villa de Agüimes. Según Angel González (Mapa y estado de Gran Canaria del marqués de Tabalosos (1770-1776)) en la configuración de esta  hubo influencias políticas claras, pues el capitán Sancho de Figueroa, oficial encargado de establecer las divisiones,  estaba emparentado con las familias Rocha (dueños de las salinas y la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral) y Castillo (dueños de las salinas de Abajo y de las tierras del condado) para conseguir formar un distrito con estos territorios.

El marqués de Tabalosos, comandante general de las islas, permanecerá dos de los seis días que emplea en visitar por primera vez el Regimiento de Telde, en Septiembre de 1775, en el Castillo de las Salinas del Romeral y en la Casa Condal de Juan Grande como huésped de Antonio Lorenzo de La Rocha y de Fernando Bruno del Castillo, (este último obtendría, dos años más tarde, el título de Conde de la Vega Grande).

A lo largo de todo el siglo XVIII, el coronel al mando del Regimiento siempre lo ostentará el cabeza de la familia más poderosa, en este caso el Conde de la Vega Grande, y cuando este ocupe una posición militar superior, en este caso gobernador de Gran Canaria, será ocupado por el miembro destacado de la familia Rocha. Así Antonio de la Rocha como su padre y su hijo, fueron coroneles del regimiento y Fernando Bruno fue primero coronel y después  gobernador  de las armas de Gran Canaria.

Restos humanos hallados en el "Balache de los Muertos", al sur de Castillo del Romeral.

Los oficiales y mandos del regimiento, que debían dirigir a los milicianos, también eran voluntarios, por lo que el mando estaba en función del estatus social del que lo detentaba. Es de suponer que los que dirigían a los campesinos en las tareas agrícolas, eran a su vez los que los mandaban en la milicia. Por tanto los milicianos eran a la vez sus subordinados en lo militar y sus medianeros o trabajadores de sus haciendas.

El coronel Pedro Nava Grimón, en 1757, procedente de Tenerife, desempeña el cargo de coronel durante unos cuantos meses y nos hace una descripción de las tropas de la milicia (La Revista del regimiento de Telde de 1757. Bethencourt Massieu):

“debiedo decir a V.E. ser esta una gente muy propia para la guerra, pues su osadía y gran sufrimiento en toda especie de trabaxos, vniendose tener una talla ventajosa”.

Comentando la altura física de los milicianos que les permitía llevar ventaja en la lucha. 

(En la segunda parte del artículo, aportaremos datos inéditos sobre la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral y sobre el "Balache de los Muertos" y daremos nuestra interpretación de como pudieron haber sucedido los hechos en el ataque de 1685)

martes, 22 de noviembre de 2011

ENCONTRADAS CUEVAS FUNERARIAS JUNTO AL ARCO DEL CORONADERO.

Solapón con muros y cuevas. Fotos: Pablo Guedes.

PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

Desde hace tiempo, teníamos localizadas varias estructuras compuestas por muros de piedras y cuevas en las cercanías del Arco del Coronadero, en un lugar de difícil acceso en mitad de Barranco Hondo.

En fechas recientes hemos podido acceder a estas estructuras, compuestas por muros de piedra alrededor de un solapón en el que se hallan distintas cuevas, (adjuntamos fotos).

Entrada a la cueva con restos vegetales, que pudieron pertenecer  a la mortaja de una momia canaria.

Una de ellas, cuenta con un pequeño orificio de entrada, de alrededor de un metro por 50 cm., situado a unos dos metros de altura con respecto al solapón, con varias piedras dispuestas en lo que en su tiempo debió ser un muro que cerraba la cueva, actualmente derrumbado a los pies de la misma. Es posible que la entrada a la cueva haya sido labrada artificialmente agrandándola para obtener un mejor acceso.

La cueva, de forma ovalada, se ensancha a partir de la entrada hasta tener unas dimensiones de unos 2x2 metros en su parte más amplia. En su interior encontramos restos vegetales entre los que había juncos aplastados, similares a los que los antiguos canarios utilizaban para hacer el fardo o mortaja en la que solían envolver a las momias.














Interior de la cueva con los restos vegetales.

Creemos que podía haber sido una cueva funeraria por la forma en que se dispone y por los restos encontrados. La cueva debió ser expoliada en un tiempo que desconocemos y sustraidos los restos humanos que contenía.

Es posible que las otras cuevas, especialmente una de ellas, pudieran contener más restos por la forma en que se disponen, pero en ellas no entramos nada parecido a lo que se encuentra en la primera cueva descrita.
Otra posible cueva funeraria.

La importancia del hallazgo, del cual hemos informado a Patrimonio Histórico, radica además de por sí mismo, por su situación en las cercanías del Arco del Coronadero y de los mojones del Alto del Coronadero, que usaban los antiguos canarios para realizar ritos astrales y para conocer las distintas fechas importantes de su calendario.

OTRAS MOMIAS Y RESTOS HUMANOS ENCONTRADOS EN LA ZONA.

En nuestro anterior artículo, “AMURGA, EL SANTUARIO PERDIDO IV. LOS RITOS SAGRADOS.”  hacíamos referencia a este tema y apuntábamos a que se habían descubierto más restos de antiguos canarios en la zona de costa de Amurga. Citamos como ejemplo, una momia en una cueva en Altos del Coronadero, de la que nos informó Francisco Peinado, así como otras en cuevas de Barranco Hondo, en el curso superior a Altos del Coronadero, de las cuales nos dieron noticias pastores de Juan Grande. De igual forma relacionamos aquí, las Necrópolis de Arteara y de Maspalomas, situadas en los límites de Amurga, que debieron ser auténticos centros de peregrinación y de ritos, como lo son los cementerios de hoy día.

Recordamos en este punto la leyenda de los antiguos pastores de Castillo del Romeral, acerca de la existencia de un cementerio de canarios en los altos de San Agustín, destruido por la roturación de los terrenos para el cultivo de tomates.

Otras cuevas en el solapón.

Según René Vernau, en su obra "Cinco años de estancia en las Islas Canarias" (1891):

"En la aldea de Juan Grande  he encontrado una cueva sepulcral que, aunque había sido desgraciadamente saqueada, me ha permitido hacer una comprobación que creo interesante señalar. Todos los cadáveres que contenía presentaban lesiones en los huesos. Eran tumores óseos de diversa naturaleza, viejas fracturas consolidadas, artritis deformantes, etc. Me encontraba en presencia de un verdadero cementerio de lisiados y esto me condujo a preguntarme si los enfermos no serían objeto de alguna creencia supersticiosa."(pág.80).

Sebastian Jiménez Sánchez (Embalsamamientos y enterramientos de los “canarios” y “guanches”, pueblos aborígenes de las islas canarias”, en Revista de Historia, VII, 55. 1941.pgs. 257-268) señala que en el sur de Gran Canaria se encontraron momias con 12 y 16 pieles superpuestas, sin citar su procedencia. Añade además el descubrimiento en Arguineguín de una momia de dos metros de largo envuelta en numerosas pieles, así como otras encontradas en Juan Grande. En estos dos lugares señala Jiménez que se encontraban las momias de mayores dimensiones, apuntando que los hitos relevantes a nivel de hallazgos de restos momificados incluían Arguineguin, Juan Grande y Guayadeque, añadiendo Acusa-Tejeda.

El mayor número de envolturas en las momias indicaba más rango social del individuo.

LAS PRÁCTICAS FUNERARIAS DE LOS ANTIGUOS CANARIOS.

18 en 16. Memorias de un cementerio from www.estodotuyo.com on Vimeo.  Documental producido por el Cabildo de Gran Canaria y dirigido por Francis Quintana, en el que a raíz de la excavación de un cementerio de canarios en Gáldar, se dan a conocer sus ritos funerarios y su relación con los muertos.

Vamos a seguir en este punto a José M. Bernal y a Pablo Atoche (Rituales funerarios en la Protohistoria de Gran Canaria (Islas Canarias)

En Canarias el ritual funerario más extendido, a semejanza del implantado en el Norte de África por los colonizadores fenicios, utilizaba como recinto funerario cuevas naturales o grietas tapiadas con muros de piedra seca, tanto de manera individual como colectiva.

En el proceso de embalsamado, no se hacía eviscerado, aunque sí un método que permitía la conservación de los tejidos corporales: ungían el cuerpo con una mezcla de manteca de cabras, yerbas aromáticas, corcho de pino, resina de tea, polvos de brezo, piedra pómez y otros absorbentes y secantes, dejándole después expuesto a los rayos del sol para realizar la desecación. Se repetía el procedimiento varias veces para finalizar envolviendo el cuerpo en pieles y juncos.

Desde la perspectiva del ritual, la momificación parecía reservada sólo para aquellos ritos funerarios que tenían las cuevas como última morada de los difuntos, y parece ser que se trataba de una práctica condicionada por diferencias sociales y étnicas. Se supone que a mayor jerarquía del individuo, mayor esmero en la preparación del cadáver y en el número de pieles que lo envolvían.

Los cadáveres se ataviaban con similares prendas que en vida y envueltos en un sudario elaborado con capas de piel, hasta 17 en algún ejemplo de momificación de Gran Canaria, isla donde ocasionalmente se han teñido de rojo o se han empleado pieles de cerdo o mortajas elaboradas con tejidos vegetales, normalmente de junco o palma.

Las momias se depositaban en posición decúbito supino (boca arriba). No se colocaban directamente sobre el suelo, habiéndose realizado en todos los casos un mínimo acondicionamiento del lugar mediante la preparación de un lecho con elementos vegetales, la colocación de tablones de madera, lajas de piedra o simplemente mediante la nivelación del terreno.

BIBLIOGRAFÍA.

Bernal Santana, José M., Atoche Peña, Pablo: Rituales funerarios en la Protohistoria de Gran Canaria (Islas Canarias)
Jiménez Sánchez, Sebastian: Embalsamamientos y enterramientos de los “canarios” y “guanches”, pueblos aborígenes de las islas canarias. En Revista de Historia, VII, 55. 1941.pgs. 257-268
Guedes González, Pablo: “AMURGA, EL SANTUARIO PERDIDO IV. LOS RITOS SAGRADOS.”
Vernau, René. "Cinco años de estancia en las Islas Canarias" (1891)

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA “ALDEA NEGRA” DE TIRAJANA

Niños esclavos en Puerto Rico.

PABLO GUEDES GONZÁLEZ

En un anterior artículo habíamos hablado de la novela de Julio Verne que nos describe a los negros de Tirajana,

La novela titulada "Thompson y Cia", en su parte que describe a las islas, está basada en la obra del antropólogo francés René Vernau "Cinco años de estancia en las Islas Canarias" publicada en 1891, en la que Vernau describía en esas fechas, a la aldea negra hoy día desaparecida, de la siguiente manera:

“…cuando se introdujo la caña de azúcar en el archipiélago, se trajeron negros para cultivarla. Ellos han permanecido en Tirajana y todavía forman, al lado de Santa Lucía, una aldea distinta. No conservan su tipo original. Hoy día son mulatos de todas clases.”

En la novela de Verne se habla de la existencia de esta aldea de la siguiente forma:

"- ¿qué clase de colonia es esa, negra en pleno país de raza blanca?
- Una antigua república de negros ... Hoy, hallándose como se halla abolida la esclavitud en todo país dependiente de un Gobierno civilizado, esta república ha perdido su razón de ser. Pero los negros tienen cerebros obstinados, y los descendientes persisten en las costumbres de los antepasados, y así continúan enterrados en el fondo de sus cavernas salvajes, viviendo en un aislamiento casi absoluto, sin aparecer a veces en las poblaciones próximas durante más de un año."

No sabemos si lo que se dice en la novela era cierto en cuanto a las costumbres y a que vivían en cavernas, pero en este artículo aportaremos más información sobre este poblado de personas de color.

A partir de información reflejada en distintas actas notariales, sabemos que el Barranco de los Negros se encontraba en el Barranco de Tirajana en el tramo desde Cueva Grande a la Cuesta de Garrotes, y entre Los Cuchillos y El Gallego, estos dos últimos, topónimos que todavía existen y se sitúan a menos de dos kilómetros de la población de Aldea Blanca, por lo que pensamos que esta “aldea negra” pudiera tener alguna relación con el nombre que se le dio a “Aldea Blanca”.


Los documentos notariales nos indican la compraventa de los terrenos donde se situaría la población negra, en 1605, por Antón Pérez Cabeza, negro libre que compró la propiedad al regidor Marcos de León y en ella se estableció con sus hijos y nietos. Según los documentos, fue el primer negro que se estableció en el lugar y anteriormente vivía en una casa terrera lindante con la ermita de San Antón en Agüimes. Casó en primeras nupcias con Juana García y, en segundas, con Antonia Mendoza.

Este Antón Pérez Cabeza tuvo que ser descendiente de esclavos pertenecientes a otro Antón Pérez Cabeza, propietario de plantaciones de caña en Sardina, quien en 1527, arrienda a Alonso de Matos el ingenio azucarero de Aguatona en Agüimes (que se situaba en el actual Ingenio), pues se solía poner a esclavos, nombre y apellidos de sus dueños.

Bartolomé Cabrera “el negro santo”, era nieto del primer negro del Barranco, Antón Pérez, hecho que se refleja en un documento de compraventa en 1667 cuando dicho Bartolomé vende un día y una noche de agua de sus posesiones del barranco al capitán Francisco Amoreto, ascendiente de los futuros condes de la Vega Grande, (Francisco Tarajano: Memorias de Agüimes ).

Cuando los documentos indican que Antón Pérez fue el primer negro de esta aldea negra, pensamos que es posible que se refiera al primer negro de esa zona del barranco, o al primer propietario de color, pues en el siglo XVI en el curso alto del Barranco, en el ingenio azucarero de Santa Lucía, y en Sardina, donde había plantaciones de azúcar, con toda seguridad debió haber mano de obra esclava, de color, como era habitual en la época.

Los ingenios azucareros necesitaban gran cantidad de leña para hacer funcionar sus calderas y mano de obra para traerla. Fueron la causa, en buena parte, de la desaparición del pinar en Amurga.

Existen además, topónimos por todo el sur, relacionados con personas de color: Los Moriscos en Santa Lucia, Hoya de la Negra, Cueva de la Negra, Casa del Negro Santo, Ladera de los Negros, Soco del Negro, lo que nos indica lugares donde vivían personas de esta raza, con toda seguridad apartados de los blancos.

En 1677 la ciudad hace nombramiento de capitán alférez y demás oficiales de una compañía de negros y mulatos que no constaban en las listas por ser esclavos. Se hizo capitán de ellos a un cristiano viejo y negro libre, de Taidía, (Santa Lucía) llamado Juan Felipe Liria. A él se le encargó de hacer una lista por toda la isla y halló un número de 648 negros, que con los mulatos, criollos, esclavos y otros, llegaron a 6.478, con los cuales acudía a la plaza de armas el día de la ocasión, a ponerse a las ordenes del capitán a guerra. (Suarez V., Rivero B., Lobo M., González A.: (1995). “La comarca de Tirajana en el antiguo Régimen”.) 

Por esas mismas fechas, Marin de Cubas, describe el importante papel que la población negra del Barranco de Tirajana tenía para la defensa de la costa sur:

“… El Cavildo y Regimiento de Canaria a su costa fabricó, y hiso armason de dos fragatas, y el factor o comisario fue Juan Siverio Música, y otro primo suio Lescano regidores para limpiar estas costas de piratas assi moros como otros, y correr la costa de Africa, y Guinea onde hasian entradas trhose de Guinea negros para el servicio de los yngenios, y viñas que después sus dueños dexandolos libres por voluntad de Sus Altezas tiene un pueblo onde avitan todos negros en Tirajana son vivos entendidos, y valientes que defienden aquellas costas remotas de enemigo, que por allí entran a hazer aguada, y a rovar ganado y lo que pueden;…” (Historia de las Siete Islas de Canarias)

También en la fortaleza y salinas de Santa Cruz del Romeral había esclavos. En el acto del Pleito homenaje que realiza el teniente general de artillería Luis Romero de Xaraquemada en 1704 se dice:

“...Y en dicha Casa- Fuerte hallé cuatro ayudantes artilleros que reconosco eran capaces para el manejo de dicha artillería, y asimismo hallé cuatro soldados de centinelas, sin los salineros y esclavos del dicho Don José que tiene para el servicio de su casa...”

Entre las posesiones de Antonio Lorenzo Bethencourt, fundador de la casa fuerte de Santa Cruz, a finales del siglo XVII: tenemos que:

“... Se le contaban ocho esclavos negros y una mulata que le trabajaban la finca y le atendían la casa….; en los Montes de Amurga, ganado salvaje, donde todos los años se hacían las apañadas.” (Santiago Cazorla León, Los Tirajanas de Gran Canaria, 1995)

Pedro Agustin del Castillo describe refiriéndose a Tirajana: "...su vecindad, de cuatrocientos dieciséis vecinos, muchos de ellos negros, que se mantiene su color tan atezado como si vinieran ahora de Guinea...". (Descripción histórica y geográfica de las Islas de Canaria. 1737).

El fraile mercedario Medinilla escribe acerca del Barranco de los Negros (1750-1761): “Hay en Tirajana muchos negros y mulatos avecindados y muy antiguos. Vi a un negro y lo traté llamado Francisco Liria de 108 de edad cumplidos, cabal en su juicio y buena razón, está casado y no ha tenido más matrimonio que el presente, su mujer no tiene tanta edad... El suegro de este negro murió en esta parroquia de 115 años, llamábase Pedro de la Cruz, era negro también.” (Santiago Cazorla León, Los Tirajanas de Gran Canaria, 1995)

Las negras y mulatas eran grandes artesanas en los trabajos de la palma y en los hilados, pero sobre todo eran tenidas como brujas y hechiceras. En el siglo XVIII son procesadas como tales la mulata María Morales y la negra Maria Mostaza, quienes hacían oraciones con el fín de hacer sortilegio. En el mismo caso se hallaban Ana de Santiago, denunciada en 1698, Francisca Pérez, Lucía Alemán y Margarita de Cabrera. De ellas fueron encauzadas la mulata María del Pino, que se ocupaba en hacer escobas y esteras, que fue desterrada cuatro años de la isla, además de aplicársele otras penas, y María de Morales, también mulata; la negra e hilandera María Mostaza fue condenada a 200 azotes y desterrada a Lanzarote y la negra y esterera Margarita de la Cruz a 200 azotes y tres años de cárcel. Entre los hombres de color sólo se cita como dedicado a estas prácticas al mulato Sebastián García de León, molinero y pastor, que fue condenado a 200 azotes, vergüenza pública y a tres años de galeras. (Fajardo Spínola, F: “Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna”. 1992)

En 1817 tenemos constancia del poblado de los negros por el problema que tuvieron con el cura de Tunte porque este no les dejó sacar en procesión la imagen de San Sebastián como lo venían haciendo tradicionalmente cada año por esas fechas y menospreciando a las gentes de color. (Santiago Cazorla León, Los Tirajanas de Gran Canaria, 1995)

Hasta 1880, existió la esclavitud en España. En ese año Alfonso XII sanciona la ley de abolición, que se extingue definitivamente en 1886.

Entre 1884-1888 Verneau visita las Islas Canarias y describe todavía la existencia de la aldea negra como hemos relatado al principio del artículo.

Volviendo a la hipótesis del poblado de negros que vivían apartados en contraposición al de blancos de Aldea Blanca, tenemos que comentar las discriminaciones que sufrían las personas de color en las islas. Si la vida de los blancos, pertenecientes a las clases bajas, se podría considerar miserable, la de los negros, lo debió de ser en mucha mayor medida.

De hecho y según revela Ana Viña Brito y colaboradores, la instalación de los esclavos en las islas preocupó en gran medida a las autoridades locales y por ello se dictan una serie de disposiciones tendentes a su control, como fueron la prohibición de andar por los caminos después de “campana tañida”, llevar marcas visibles en el hombro para ser fácilmente reconocibles, algunos fueron herrados en la cara e incluso se autorizó “cortarles las orejas si sus culpas lo merecían”.(La organización social del trabajo en los ingenios azucareros canarios (siglos XV-XVI)

El poblado que después se llamó Aldea Blanca, ya existía en el tiempo de los aborígenes canarios pues según Suarez Grimón y Andrés Quintana: "El 27 de mayo de 1616 presentó escrito en el Cabildo el regidor Pedro Espino Castellano pidiendo se le hiciese merced de 300 fanegadas de tierra en el Llano de Aldea Blanca, unos solares de “casas de canarios”que estaban en las cabezadas de dicho Llano y la mitad del agua que salía del Barranco de Tirajana. Esta solicitud fue contradecida por Juan Alonso Romero y Lope Franco, alegando eran suyas dichas tierras y aguas. Por ello el Cabildo acordó darle al regidor Espino solo las casas canarias." (Historia de la Villa de Agüimes).

Estas “casas de canarios” se situaban en lo que hoy es el pueblo de Aldea Blanca, y el topónimo lo conocemos como tal, por vez primera, el 8 de noviembre de 1511, cuando se da en Burgos merced a Lope Conchillos, de seis caballerías de tierra con el agua necesaria para su riego: “…agua que ha de tomar de la que aprovechan los canarios en Varvega, debajo de Aldea Blanca, y luego fue adjudicada a Luis de Armas, por estar desaprovechada,…” ( Carta Arqueológica de SBT).

Se podría considerar que si se le asigna ese nombre al poblado, en razón de que hay otro poblado donde viven los negros, este podría existir en esas fechas.

Abundando en la hipótesis vemos que los terrenos de Sardina comienzan a cultivarse a principios del siglo XVI. En 1523, Antón Pérez Cabeza (del que posteriormente toma nombre el primer negro del barranco) ya tenía plantaciones de caña de azúcar en Sardina, que molía en su ingenio de Agüimes (Aguatona- Ingenio), que era también de Alonso de Matos (el Viejo), aunque debieron de molerse también en el ingenio de Santa Lucía . (Azúcar. Los ingenios en la colonización canaria. Ana Viña Brito y colaboradores).

Desconocemos la fecha de construcción del ingenio de Santa Lucía, aunque debió ser a principios de siglo. Su fundador fue Tomás Rodríguez de Palenzuela, hecho que conocemos porque su hijo, Lorenzo Palenzuela, que poseía tierras en Sardina donde tenía la plantación de caña de azúcar, pretendió trasladar el ingenio desde Santa Lucía a Sardina, hecho que creemos finalmente no sucedió, pues no tenemos noticias de que se instalara y llegase a funcionar.


Así, el 29 de octubre de 1554, se le concede una data a Lorenzo Palenzuela por el Cabildo secular: "Se concede licencia a Lorenzo de Palenzuela para hacer una acequia desde el barranco de Tirajana a las tierras que el Cabildo le había dado en Sardina para hacer un ingenio":

“Petición de Lorenzo de Palenzuela, vecino de la isla, le hagan merced de dar licencia para hacer una acequia por donde pueda llevar sus aguas del barranco de Tirajana a las tierras que le hicieron merced en el lomo que dicen de Sardina, la cual acequia ha de comenzar desde la cueva de Juan Adobar, por donde pueda hacerla, hasta sus tierras" Es edificio que ha de hacer por riscos y gastar mucho dinero y soltar su agua y deshacer su hacienda de Tirajana y pasarla abajo", y por ello suplica que ya que le dieron las tierras y sitio de ingenio, le den titulo del salto por donde ha de ir la acequia, que sea suya como lo son las tierras y aguas, y de sus descendientes, y lo manden asentar. Se le da el asiento y sitio de ingenio, y el sitio de acequia.”

Por ello, debieron de haber en la zona personas de color, desde esas fechas, que podrían vivir separadas y de ahí el nombre de Aldea Blanca, para indicar la población blanca en la zona. Según Manuel Lobo, los cálculos para Gran Canaria establecen una media de 30 ó 35 esclavos entre hombres y mujeres por ingenio y plantación que representarían entre un 10% y un 12%, de la mano de obra, lo que nos indica la probable población de la zona. (Azúcar. Los ingenios en la colonización canaria. Ana Viña Brito y colaboradores)

Por último, según Santiago Cazorla León (Los Tirajanas de Gran Canaria, 1995), existe una tradición oral que afirma que los negros llegaron al Barranco de Tirajana procedentes del naufragio de algún barco hundido por aquellos mares y nos explica en su obra los pleitos de los curas de Tirajana y Agüimes (1690-1694) por la jurisdicción de estos negros del barranco que nos aportan bastante información.

Según Manuel Guedes (Coplas de Laito. 2002. Proyecto Vivencias. IES Santa Lucía) pastor, hijo y nieto de pastores, que fue vecino de Casa Pastores, y descendiente de los Guedes de Castillo del Romeral, la historia de los Guedes en Gran Canaria se inició con una embarcación portuguesa que llevaba esclavos negros para América, en el barco venían Guedes y Torres. El mal tiempo hizo que la embarcación zozobrará en la costa sureste de Gran Canaria, donde desembarcaron por la costa de Las Salinas. (Castillo del Romeral).

En este artículo hemos pretendido aportar información sobre la extraña aldea negra que existía en la comarca, en la que con toda probabilidad debieron vivir ascendientes de muchos vecinos de Castillo del Romeral, en los que todavía hoy podemos observar rasgos de sus ascendientes de color, así como de otros vecinos en los que no se observan estos rasgos que tienden a desaparecer a raíz del mestizaje, tras el paso de varias generaciones.

Por nuestras venas corre sangre de estos negros, descendientes de esclavos, que estaban en nuestra comarca desde el siglo XVI, signo inequívoco de nuestro mestizaje así como del de la población canaria en general.

BIBLIOGRAFÍA

Coplas de Laito. 2002. Proyecto Vivencias. IES Santa Lucía.

CUENCA; JULIO; GIL M. CARMEN Y BETANCOR ANTONIO, 1997. Carta Arqueológica del Término Municipal de San Bartolomé de Tirajana. El Museo Canario, Nº. 52, pp. 57-166.

DEL CASTILLO, PEDRO AGUSTIN. Descripción histórica y geográfica de las Islas de Canaria. 1737.

FAJARDO SPÍNOLA, F: “Hechicería y brujería en Canarias en la Edad Moderna”. 1992

MARÍN DE CUBAS, TOMÁS ARIAS (1986): Historia de las Siete Islas de Canarias. Real sociedad Económica de Amigos del País. Las Palmas. pág. 32.  

SÁNCHEZ VALERÓN, RAFAEL. (Cronista Oficial de Ingenio): Alonso de Matos, entre la Vega de Telde y la Vega de Aguatona 

SUAREZ V., RIVERO B., LOBO M., GONZÁLEZ A.: (1995). La comarca de Tirajana en el antiguo Régimen

SUAREZ GRIMÓN, VICENTE Y QUINTANA ANDRÉS, PEDRO: Historia de la Villa de Agüimes (1486-1850). 2003. Ayuntamiento de Agüimes.

TARAJANO, FRANCISCO: Memorias de Agüimes .

VIÑA BRITO, ANA y colaboradores. Azúcar, Los ingenios en la colonización canaria.

VIÑA BRITO, ANA y colaboradores. La organización social del trabajo en los ingenios azucareros canarios (siglos XV-XVI).

martes, 23 de agosto de 2011

LA FIESTA DE SAN BARTOLOMÉ (DE TIRAJANA) Y SU SIGNIFICADO PARA LOS ANTIGUOS CANARIOS.

Recreación de las tres naves que hiceron el ataque a Tirajana

PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

Cada 24 de agosto, San Bartolomé de Tirajana celebra la festividad de su patrón y por la cual recibe el nombre el municipio. El motivo de esta festividad fue una incursión castellana realizada a “Tirajana” en la que fueron derrotados por los canarios.

La incursión se realizó el 24 de agosto de 1479, día de San Bartolomé, santo patrón del municipio por encomendarse a él los castellanos durante los hechos. Los castellanos eran mandados por Pedro Hernández Cabrón, pirata y corsario de Cádiz, al servicio de Fernando El Católico. Según Abreu Galindo, la expedición es realizada a “Tirajana”, a la búsqueda y captura de canarios, para ser vendidos como esclavos en la península.

Marin de Cubas, en su “Historia de las 7 islas de Canaria”, describe los hechos de la siguiente manera.

“Andavan los canarios tan descomedidos, y atrevidos que hacian en los xristianos grandes burlas, y maldades, haziendo de noche rebatos arma falsa, y a el soldado que veian apartado, o solo le procuraban matar, y la maior fuerza de ellos estaba a la parte opuesta de la Ysla en unas sierras, y varrancos agrissimos llamados Tirajana onde viven en cuebas, y grutas altísimas como las aves de onde las mugeres arrojan piedras, y palos por su defenza y el almirante con alguna gente suia, y otros veteranos y canarios practicos amigos, y enemigos de los suios por delitos.

Envarcados en tres navios fueron al fin de la ysla y dia 24 de agosto de san Bartholome llegaron al pueblo que esta al pie de las sierras, y le hallaron sin gente bien proveidos de carne en sesina ganados, cevada, manteca, y miel silvestre en ollas y odres, y higos passados, y recojida la presa queriendo venir a embarcarse ya serca de noche le dixeron a Pedro Hernandez, que no convenia porque havia cierta emboscada de canarios a la retirada, respondio que tenia los navios sin gente, y que havia de dormir en ellos, y no temia a hombres desnudos, iendo de marcha una cuesta arriva agria, y de malos passos, salieron los canarios dando silvos gritos, y pedradas en lluvia, y palos con que mataron 26 xristianos, y mas de cien heridos, y desvaratados caminaron a la marina, y ellos en su seguimiento que fue menester que de las lanchas se disparasen armas de fuego, y ballestas salio Pedro Hernandez con una pedrada en la caveza, y quedo sin algunos dientes, y la boca torsida que no pudo hablar ni comer bien vino renegando de los canarios, de la conquista de tales fieras.”

Según Viera y Clavijo los canarios estaban al mando del Faicán de Telde, (máxima autoridad religiosa del reino o guanartemato de Telde) e hicieron a los castellanos 22 muertos, 100 heridos y 80 prisioneros.
Recreación poblado aborigen Lomo Los Gatos, Playa de Mogán. Estodotuyo.com.

Al no conocerse a ciencia exacta, por donde se realizó la incursión, en un anterior artículo planteábamos la hipótesis de que a pesar de que hoy día Tirajana se relaciona con Tunte y el interior de la isla, en el pasado también se conocía por este nombre a la zona de costa en Amurga, y lo que se describe en la crónica como “el pueblo al pie de las sierras” pudiera ser Pozo del Lentisco, hoy día ya desaparecido y situado en el actual Tarajalillo, al pie de Montaña de las Tabaibas y Amurga. (NUEVA TEORÍA ACERCA DE LA ENTRADA DE PEDRO CABRÓN A AMURGA (TIRAJANA), EN 1479)

En el artículo sentábamos las bases de una hipótesis, por la cual Amurga era para los antiguos canarios un santuario, lugar de culto y sitio de asilo y de refugio en tiempos de guerra y por ello se desarrollaron allí las últimas acciones de la conquista. Montaña de las Tabaibas, dentro de Amurga, era la montaña sagrada junto con la de Tirma, descrita en las crónicas, donde se realizaban los mas importantes ritos aborígenes.

En el artículo de hoy, vamos a dar a conocer otro importante dato que suponemos que no es casual y que viene a confirmar otros descubrimientos que hemos aportado en este blog, relacionados con el calendario de los canarios y la estrella Canopo. (LOS YACIMIENTOS ABORÍGENES DE CUATRO PUERTAS Y DEL CORONADERO (AMURGA), RELACIONADOS CON LA ESTRELLA CANOPO. El descubrimiento ayuda a descifrar el calendario de los antiguos canarios.)

En esas aportaciones veníamos a relacionar los restos arqueológicos mencionados, con fechas importantes para los canarios, por las cuales se regía su calendario y que fundamentalmente marcaban la temporada de lluvias y la temporada seca. Estas fechas importantes se regían por la aparición de la estrella Canopo en el cielo de Canarias, hecho que se daba en torno al veintitrés (23) de agosto (± 5 días), permaneciendo visible hasta el diecisiete (17) de abril (± 5 días). (Según Ignacio Reyes García, El Cielo de los antiguos).

Grafico: Larevelacionastrologica.blogspot.com
Concretamente, los 36 mojones aborígenes que se encuentran en Altos del Coronadero en Amurga, creemos que tenían una funcionalidad de marcador calendárico, puesto que según Francisco Peinado, el mojón central y de mayor tamaño se alinea con la salida del sol en dos fechas concretas, 14 de abril y 28 de agosto (en fechas actuales), que como ya hemos indicado se corresponden con la visibilidad de Canopo en Canarias.

La función del calendario de los antiguos canarios, al igual que para otros pueblos y civilizaciones antiguas era la de conocer los ciclos de la lluvia para planificar adecuadamente las actividades agrícolas y ganaderas. Controlar los periodos de apareamiento del ganado para procurar que sus crías nacieran cuando los pastos fueran abundantes. Sembrar en la época adecuada del año para que las lluvias del invierno hiciesen crecer la cosecha.

Por tanto la aparición de Canopo, alrededor del 24 de agosto (23 de agosto ± 5 días), representaba una fecha importante del calendario canario en la que se realizaban importantes ritos y ceremonias, en las que intervenía el Faicán como gran sacerdote, junto con las sacerdotisas, las harimaguadas. El pueblo, suponemos que en peregrinación, asistía a estos ritos desde los poblados importantes de la comarca, situados en las inmediaciones de Amurga: Agüimes, Tunte, Fataga, Gitagana (Arteara), Maspalomas y los poblados de la costa , que podrían ser Pozo del Lentisco y  Aldea Blanca.

Recreación a partir de fotomontaje de Jose L. Peinado. Pintaderacanaria.blogspot.com
Lo que ponemos en evidencia con todos estos datos, era que la entrada de Pedro Cabrón el día 24 de agosto, no creemos que fuera casual y sospechamos que los castellanos sabían por medio de los canarios que tenían a su servicio, que Amurga era centro de peregrinación por estas fechas (...y la maior fuerza de ellos estaba a la parte opuesta de la Ysla), a donde se trasladaban gran número de canarios para realizar sus ritos y por ello se realiza esta incursión a la caza de esclavos y rapiña, creyendo los conquistadores que les iba a resultar una tarea fácil, despreciando la capacidad de lucha de los canarios.

Como indican las crónicas, la presencia del Faicán de Telde, en el lugar al frente de los canarios y no en Telde, suma más argumentos a las hipótesis que estamos planteando.

En aquellos momentos la isla se dividía en dos reinos, Gáldar y Telde, cada uno con su santuario de peregrinación, Tirma y Tirajana (Amurga). Egonayga, Guanarteme o rey de Gáldar, fallece ese mismo año de 1479 y le sucede su hijoTenesor Semidán que pasó a llamarse después Fernando Guanarteme. El Guanarteme de Telde, Bentagoyhe, falleció en 1476 y su hijo Bentejuí, es menor de edad en esos momentos, por lo que parece ser que al frente del reino está el Faicán, llamado Tasarte, que a la vez es la máxima autoridad religiosa. Es por ello que está al mando de los canarios en la batalla contra los castellanos, y lo mas importante, que se encuentra en ese lugar y en ese momento, porque en esas fechas se realizaban esos importantes ritos del calendario.


Croquis santuario Amurga, en rojo mojones aborígenes.Elaboración própia desde plano carta arqueológica SBT.

José Barrios señala para los guanches, en la isla de Tenerife que:

“…sin perjuicio de constituirse el Beñesmer en toda circunstancia excepcional, como a la muerte y proclamación de los menceyes, declaración de la guerra, etc., por ministerio de la ley los soberanos lo convocaban tres veces al año, en la cuarta, octava y duodécima luna, durando cada legislatura nueve días que correspondían a los nueve últimos de la 3ª decena del mes de Abril, 2ª decena de Agosto y 3ª de Diciembre.” (Investigaciones sobre Matemáticas y Astronomía Guanche. Sistemas de Numeración.)

El Beñesmer o Beñesmen, era la festividad por excelencia de los guanches en Tenerife, que podríamos extrapolar a los canarios en Gran canaria. El evento se ha traspasado a la liturgia cristiana el 15 de agosto, con la festividad de La Virgen de Calendaria (cuya imagén la tenían los guanches en el momento de la conquista). Observemos que si contamos los nueve días que nos indican que duraban los festejos, se llega al 24 de agosto, fecha de aparición de Canopo, todo ello con fechas aproximadas.

“Tenian los naturales de esta dicha isla de Thenerife (...) Todos los años en los postrimeros dias del quarto mes, que es abril, celebrauan fiestas anales, por espacio de nueue dias; juntauanse los de cada reyno en el palacio de su rey; y alli se regozijauan con juegos, danças,bailes [.]: en estas fiestas auia grandes combites à costa de el rey.” (Núñez de la Peña, (1676). J. Conqvista y Antigvedades de las Islas de la Gran Canaria, y sv Descripción).

Para José Barrios en su tesis doctoral, en función de las costumbres de los bereberes, y de las fuentes recopiladas:

“El conocimiento de los ciclos astrales debió constituir uno de los aspectos más profundos del sistema de creencias de los sacerdotes canarios y guanches, del que poco estaban dispuestos a revelar a sus interlocutores europeos. Dada su profunda aversión a desvelar estos conocimientos, estimamos que las fuentes antiguas sólo alcanzaron a conocerlos en sus aspectos más superficiales. Si ello es así, cabe pensar que los ciclos más importantes desde un punto de vista religioso fueran, precisamente, los menos tratados por las fuentes. Es decir, los ciclos de las estrellas, los eclipses y los planetas.”

Por último y como reminiscencia que todavía se conserva en Gran Canaria de lo que debieron ser esas festividades aborígenes, tenemos la fiesta del charco de La Aldea que se celebra cada año el 11 de septiembre (el 10 día es San Nicolás), siendo según las fuentes, una de las mas antiguas de Gran Canaria, de procedencia aborigen y que se celebraba cuando la visita del obispo Francisco Delgado Venegas, en 1776, el día 23 de agosto.

ARTÍCULOS RELACIONADOS.

NUEVA TEORÍA ACERCA DE LA ENTRADA DE PEDRO CABRÓN A AMURGA (TIRAJANA), A LA CAPTURA DE ESCLAVOS, EN 1479.

LOS YACIMIENTOS ABORÍGENES DE CUATRO PUERTAS Y DEL CORONADERO (AMURGA), RELACIONADOS CON LA ESTRELLA CANOPO.

AMURGA, EL SANTUARIO PERDIDO IV. LOS RITOS SAGRADOS.

jueves, 11 de agosto de 2011

LA NOVELA DE JULIO VERNE QUE NOS DESCRIBE A "LOS NEGROS DE TIRAJANA".

PABLO GUEDES GONZÁLEZ.

La agencia Thompson y Cía., publicada en 1907, es una novela del famoso escritor francés Julio Verne que narra un viaje turístico a Madeira, Azores y Canarias, organizado por Thompson, propietario de una agencia de viajes inglesa que compite con otra agencia para lograr atraerse al mayor número de viajeros. En el trayecto se vivirán muchas aventuras así como situaciones insólitas y peligrosas, como suele acostumbrar Julio Verne en sus novelas, plasmando además en la obra como debieron ser los inicios del turismo británico en las islas.

La obra publicada después de la muerte de Verne ,se supone que fue escrita en sus primeros 20 capítulos por el escritor universal (incluido el capítulo que trata sobre Gran Canaria) siendo los restantes 10 capítulos, terminados por su hijo Michel Verne.

Un capítulo de la novela trata de una escala en Gran Canaria y un viaje al interior de la isla en el que se nos describe un poblado de negros que se encuentra en "Tirajana", con el que los viajeros entablan una lucha.

Verne describe Gran Canaria como una isla seca y cálida aunque con valles con clima agradable y benigno para enfermos venidos de Europa. Habla de la langosta y de nubes de arena así como de la carencia de agua y admira el esfuerzo de los canarios por adaptarse a un medio hostil. Dice de los canarios que tienen una mentalidad cerrada pero son corteses. Los agricultores son tan pobres que viven en cuevas, como en Artenara. Se queja de la desaparición de los pinos y que en el interior de Gran Canaria existen pueblos con idiomas extraños. Describe el gofio como una papilla de cebada o de trigo, muy tostada y diluida en la leche.

Podríamos pensar que lo que se describe como "una colonia de esclavos negros que viven en zonas inaccesibles" y atacan a los turistas, es una de las fantasías incluida en esta novela de aventuras, si no fuera por el hecho de que desde el siglo XVI se tiene noticias de este poblado de negros a escasos 2 kilómetros de Aldea Blanca en el cauce de Barranco de Tirajana, al lado de Los Cuchillos y el Gallego.

De hecho podría ser que el nombre de Aldea "Blanca", le fuera dado al pueblo en contraposición a esta otra aldea "negra", existente en la zona, hoy día ya desaparecida.

Se supone que la obra "La Agencia Thompson y Compañía" está basada en la obra del antropólogo francés René Vernau "Cinco años de estancia en las Islas Canarias" publicada en 1891.

Pedro Agustin del Castillo (Descripción histórica y geográfica de las Islas de Canaria. 1737), describe refiriéndose a Tirajana: "...su vecindad, de cuatrocientos dieciséis vecinos, muchos de ellos negros, que se mantiene su color tan atezado como si vinieran ahora de Guinea...".

Como signo de nuestro mestizaje, estamos seguros de que por nuestras venas también corre sangre de estos negros, descendientes de los esclavos que quedaban libres, de los que tenemos constancia en los ingenios azucareros y en la Casa Fuerte de Santa Cruz del Romeral. Todavía hoy podemos observar en muchos vecinos de Castillo del Romeral, los rasgos característicos de personas de color, que tienden a desaparacer a raíz del mestizaje tras el paso de varias generaciones.

Publicamos a continuación parte del capítulo de la novela donde se describe el pasaje de la aldea "negra", así como enlace a la novela en formato digital. En un próximo artículo abundaremos en mas datos de ese extraño poblado y de sus orígenes.

ENLACE A LO NOVELA EN FORMATO DIGITAL:

http://es.scribd.com/doc/14244253/Julio-Verne-La-Agencia-Thomson-y-CIA

CAPÍTULO XIX
EL SEGUNDO DIENTE DEL ENGRANAJE
.../... PÁG. 156-160

   Habiendo partido a buena hora llegóse a buena hora también a la cima de Tirajana. El camino penetra en este antiguo cráter por una de las estrechas cortaduras de la muralla del Oeste, y después, remontando en zigzag, sigue la pared del Este. Hacía ya algún tiempo que se seguía fatigosamente la ascensión, cuando el camino se bifurcó en otros dos, de direcciones casi paralelas y formando entre sí un ángulo agudo...
    Alice y Roberto, que marchaban al frente, se detuvieron y buscaron con la mirada al guía indígena.
    El guía había desaparecido.
    En un momento se hallaron todos los turistas reunidos en el cruce de ambos caminos formado un grupo y comentando con viveza aquel singular incidente.
    Mientras sus compañeros se extendían en palabras, Roberto reflexionaba silenciosamente. ¿No constituiría aquella desaparición el comienzo del sospechado complot? De lejos observaba a Jack Lindsay, que parecía compartir muy sinceramente la sorpresa de sus compañeros. Nada había en su actitud que fuera de naturaleza a propósito para justificar los temores que a cada momento con mayor fuerza se alzaban en el ánimo del intérprete del Seamew.
    En todo caso, antes de pronunciarse y decidirse era conveniente esperar. La ausencia del guía podía obedecer a causas sumamente sencillas. Tal vez de un momento a otro se le viera regresar tranquilamente.
    Más de media hora transcurrió sin que estuviera de regreso, y los turistas comenzaron a perder la paciencia. ¡Qué diablo! ¡No iban a permanecer eternamente en aquel sitio! En la duda, no había más que penetrar resueltamente por uno de los dos caminos, a la ventura. A alguna parte se iría al fin y al cabo.
–Tal vez fuera preferible –objetó Jack Lindsay con muy buen sentido– que uno de nosotros fuese a explorar alguno de esos caminos. De este modo podría orientarse mejor acerca de su dirección general. Los otros continuarían donde estamos y esperarían al guía que, después de todo, puede llegar aún.
–Tiene usted razón –respondió Roberto, a quien correspondía aquel papel de explorador, mirando fijamente a Jack Lindsay–. ¿Qué camino cree usted que debo elegir?
    Jack se recusó con un gesto.
–¿Éste, por ejemplo? –insinuó Roberto, indicando el camino de la derecha.
–Como usted quiera –respondió Jack con indiferencia.
–Vaya por éste –concluyó diciendo Roberto, en tanto que Jack apartaba sus ojos, en los que, a pesar suyo, brillaba una mirada de placer.
    Antes de partir, Roberto llevó aparte a su compatriota Roger de Sorgues, y le recomendó la mayor vigilancia.
–Ciertos hechos –vino a decirle en sustancia–, y más especialmente esta inexplicable desaparición del guía, me hacen temer alguna celada. Así, pues, vigile con gran cuidado.
–Pero, ¿y usted? –objetó Roger.
–¡Bah! –replicó Roberto–. Si ha de tener lugar una agresión, no es verosímil que se dirija contra mí. Por lo demás, obraré con prudencia.
    Hechas estas recomendaciones a media voz, aventuróse Roberto por el camino que él mismo había elegido, y los turistas continuaron su espera.
    Los diez primeros minutos se deslizaron tranquilamente; necesitábase ese tiempo para explorar un kilómetro de camino al trote largo de un caballo. Por el contrario, los diez minutos siguientes parecieron más largos y cada uno de ellos hacía más extraño el retraso de Roberto. Roger no pudo contenerse.
–No podemos esperar más –declaró terminantemente–. La desaparición del guía no presagia nada bueno, y estoy persuadido de que alguna cosa le ha sucedido a Mr. Morgand. Por lo que a mí hace, marcho a su encuentro sin esperar ni un minuto más.
–Mi hermana y yo iremos con usted –dijo Alice con voz firme.
–Iremos todos –exclamó sin vacilar la unanimidad de los turistas.
    Cualesquiera que fuesen sus ocultos pensamientos, Jack no hizo ninguna oposición a aquel proyecto, y, al igual que los demás, lanzó su caballo al galope.
    El camino rápidamente seguido por la cabalgata se deslizaba entre dos murallas cortadas perpendicularmente.
–¡ Una verdadera madriguera! –gruñó Roger entre dientes.
    Sin embargo, nada anormal aparecía. En cinco minutos llegó a franquearse un kilómetro sin encontrar a ningún ser viviente.
    Al llegar a un recodo del camino, detuviéronse repentinamente los turistas prestando oído alentó a un tumulto confuso, semejante al murmullo de una muchedumbre, que llegaba hasta donde ellos se encontraban.
–¡Despachemos! –gritó Roger, sacando de nuevo su caballo al galope.
    En pocos segundos la tropa de los turistas llegó a la entrada de una aldea, de donde salía el ruido que llamara su atención.
    Aldea de las más singulares, no contaba con casas; era una nueva edición de Artenara. Sus habitantes se alojaban a expensas de las murallas que bordeaban el camino.
    Por el momento, aquellas moradas de trogloditas estaban vacías. Toda la población, compuesta única y exclusivamente de negros, había invadido la calzada y se agitaba lanzando increíbles vociferaciones.
    La aldea se encontraba evidentemente en ebullición. ¿A causa de qué? Los turistas no pensaban en preguntárselo. Toda su atención estaba monopolizada por el espectáculo imprevisto que ante sus ojos se ofrecía. A menos de cincuenta metros veían a Roberto Morgand, sobre el que parecía converger la cólera general; Roberto había echado píe a tierra, y, arrimado a una de las murallas transformada en colmena humana, defendíase como mejor podía, resguardándose con su caballo.
    El animal, nervioso, se movía en todos sentidos, y las coces que lanzaba por doquier mantenían libre un amplio espacio en torno de su dueño.
    No parecía que los negros poseyesen armas de fuego. Sin embargo, cuando los turistas llegaron al terreno de la lucha, tocaba éste a su término. Roberto Morgand iba debilitándose sensiblemente. Después de haber descargado su revólver, y desembarazándose así de dos negros, que permanecían tendidos en el suelo, no contaba ya como arma defensiva más que con su látigo, cuyo pesado mango había bastado hasta entonces para salvarle. Pero, asaltado a un tiempo por tres lados a la vez, apedreado por una turba de hombres, de mujeres y de chiquillos, era dudoso que pudiese resistir por más tiempo. La sangre corría por su frente.
    La llegada de los turistas le aportaba un socorro, pero no la salvación. Entre éstos y Roberto se interponían centenares de negros, gritando, aullando, con tanta excitación, que no se habían dado cuenta de la presencia de los recién llegados.
    Roger, como a un regimiento, iba a ordenar la carga a todo riesgo, cuando uno de sus compañeros previno la orden.
    De repente, saliendo de las últimas filas de los excursionistas, lanzóse un jinete como un alud, y cayó como el rayo sobre los negros.
    A su paso, los turistas habían podido reconocer con estupefacción a Mr. Blockhead que, pálido, lívido, lanzando lamentables gritos de angustia, se aferraba al cuello de su caballo, asustado por los clamores de los negros.
    A aquellos gritos respondieron los negros con exclamaciones de terror. El caballo, enloquecido, galopaba, saltaba, pisoteaba todo lo que encontraba a su paso.
    En un instante el camino se halló libre. Buscando refugio en el fondo de sus casas, todos los negros en estado de combatir habían huido ante aquel rayo de la guerra.
    No todos, sin embargo; uno de ellos había permanecido en su puesto.
    Solo, en medio del camino, éste, verdadero gigante, con musculatura de Hércules, parecía menospreciar el pánico de sus conciudadanos. Blandía con orgullo una especie de viejo fusil, algún trabuco naranjero español, que desde hacía un cuarto de hora estaba llenando de pólvora hasta la boca.
    El negro alzó aquel arma, que sin duda iba a reventar entre sus manos, y la dirigió hacia Roberto.
    Roger, seguido por todos sus compañeros, se había lanzado en el espacio despejado por la brillante acometida del estimado tendero honorario.
    ¿Llegaría a tiempo para detener el golpe pronto a partir?
    Felizmente un héroe se le adelantaba. Blockhead y su caballo, ansioso de libertad.
    De pronto hallóse éste a dos pasos del gigante negro, absorto en el desacostumbrado manejo de su antiguo escopetón. Aquel obstáculo imprevisto intimidó al asustado caballo, que, aferrándose en el suelo con sus cuatro patas, relinchó rabiosamente y se paró en seco.
    Absyrthus Blockhead prosiguió, por el contrario, su carrera. Arrastrado por su ardor, y un poco también, fuerza es reconocerlo, por la velocidad adquirida, Blockhead franqueó el cuello de su noble corcel, y describiendo una sabia y armoniosa curva, fue, a la manera de un obús, a dar al negro el pleno pecho.
    Proyectil y bombardeado rodaron de consuno por el suelo.
    En este mismo instante Roger y todos sus compañeros llegaban al sitio de aquel memorable combate.
    Blockhead fue recogido y atravesado en una silla, mientras otro turista se apoderaba del caballo. Habiendo montado Roberto sobre el suyo, la pequeña tropa huyó al galope de la aldea negra, por la extremidad opuesta a la que diera entrada.
    Menos de un minuto después del momento en que se había visto a Roberto Morgand, todo el mundo estaba en seguridad.
    Sí; aquel tan breve espacio de tiempo había bastado a Absyrthus Blockhead para ilustrarse para siempre en los fastos de la caballería, inventar una nueva arma arrojadiza y salvar, por añadidura, a uno de sus semejantes.
    Por el momento, aquel valeroso guerrero no parecía hallarse en brillante condición. Una violenta conmoción cerebral habíale sumido en un desmayo, que no mostraba ninguna tendencia a disiparse.
    Tan pronto como se hallaron lo bastante alejados del pueblo negro para no tener ya que temer un retorno ofensivo, echaron pie a tierra, y algunas abluciones de agua fría bastaron para devolver el sentido a Blockhead. Muy en breve se declaró dispuesto a partir.
    Antes, sin embargo, fuéle preciso aceptar las acciones de gracias de Roberto, ante las cuales, por un exceso sin duda de modestia, el estimable tendero honorario no dio muestras de que hubiera comprendido el porqué de la gratitud.
    Marchando al paso, rodeóse durante una hora el pico central de la isla, el Pozo de la Nieve, así llamado en razón de las neveras que los canarios han establecido en sus flancos, y luego se atravesó una vasta meseta sembrada de rocas pasándose sucesivamente, por entre las de Saucillo del Hublo, bloque monolítico de ciento doce metros, de Rentaigo y de la Cuimbre.
    Ya fuese un resto de la emoción causada por los negros, ya el resultado de la fatiga, ya otro motivo cualquiera, lo cierto es que muy pocas palabras se cruzaron mientras se atravesó aquella meseta. La mayor parte de los turistas avanzaban en silencio, casi en el mismo orden que al partir. Solamente algunas filas habían sufrido una ligera modificación. Saunders, por una parte, se había unido al valeroso Blockhead, y Roberto, por otra, cabalgaba al lado de Roger, en tanto que Alice y Dolly formaban la segunda fila.
    Los dos franceses hablaban del incomprensible acontecimiento, que estuvo a punto de costar la vida a uno de ellos.
–Había adivinado usted con exactitud –dijo Roger– previendo una emboscada; sólo que el peligro estaba delante y no a la espalda.
–Es verdad –reconoció Roberto–. Pero ¿podía yo suponer que se atentase a mi humilde persona? Además, estoy convencido de que la casualidad ha sido la que lo ha hecho todo, y que usted habría tenido igual acogida, si en mi lugar hubiera usted ido a aquel pueblo de negros.
–En realidad, ¿qué clase de colonia es esa, negra en pleno país de raza blanca?
–Una antigua república de negros –respondió Roberto–. Hoy, hallándose como se halla abolida la esclavitud en todo país dependiente de un Gobierno civilizado, esta república ha perdido su razón de ser. Pero los negros tienen cerebros obstinados, y los descendientes persisten en las costumbres de los antepasados, y así continúan enterrados en el fondo de sus cavernas salvajes, viviendo en un aislamiento casi absoluto, sin aparecer a veces en las poblaciones próximas durante más de un año.
–No son muy hospitalarios –observó Roger, riendo–. ¿Qué diablos pudo usted hacerles para ponerles de aquel modo en revolución?
–Absolutamente nada –dijo Roberto–. La revolución había estallado antes de mi llegada.
–¡Hombre! ¿Y por qué motivo?
–No me lo han contado; pero he podido adivinarlo fácilmente por las injurias con que me han abrumado. Para comprender sus razones, precisa saber que los canarios ven con malos ojos como los extranjeros llegan a su país cada vez en mayor número, pues creen que todos esos enfermos dejan en sus islas algo de sus enfermedades, y que acabarán por hacerlas mortales. Ahora bien, aquellos negros se imaginaban que nosotros acudíamos a su pueblo con objeto de fundar en él un hospital de leprosos y de tísicos. De ahí su furor.
–¡Un hospital...! ¿Y cómo ha podido nacer semejante idea en sus crespas cabezas?
–Alguno se la habrá inspirado –respondió Roberto–, y puede usted calcular el efecto de semejante amenaza en sus cerebros infantiles, imbuidos de prejuicios locales.
–¿Alguno...? ¿De quién, pues, sospecha usted?
–Del guía.
–¿Con qué objeto?
–Con un objeto de lucro; esto es natural. El bandido contaba con apoderarse de la parte correspondiente en nuestros despojos.
    Verdaderamente aquella explicación parecía bastante plausible, y no era dudoso que las cosas hubiesen pasado así.
    En el transcurso de la noche anterior debió el guía de preparar aquella emboscada y sembrar la cólera entre aquellos sencillos habitantes, fáciles de inflamar y de ser engañados.
    Lo que Roberto se callaba era la parte que con toda seguridad había tomado Jack en aquel complot, y eso con un objetivo muy distinto del pillaje inmediato.
    Después de reflexionar, había, en efecto, adoptado la resolución de no decir nada de sus sospechas. Para semejante acusación se requerían pruebas y Roberto no las tenía; tan sólo presunciones; pero, faltando el guía, no tenía medios de procurarse ninguna prueba material. En semejantes condiciones, era preferible guardar silencio sobre la aventura.
    Aun cuando se hallase más armado de pruebas, hubiera callado, por una parte, por entender que era preferible dejar impune el ataque sufrido a sacar de él una venganza que recaería sobre Mrs. Lindsay al recaer sobre su miserable autor.
    Mientras que ambos franceses debatían aquella interesante cuestión, Saunders había cogido por su cuenta a Blockhead.
–¡Mi enhorabuena, caballero! –díjole poco después de ponerse en marcha.
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