Si estás usando Internet Explorer, es posible que no puedas ver los enlaces en el lateral izquierdo. Cambia a Mozilla Firefox o cualquier otro navegador y podras ver la página correctamente.

miércoles, 28 de marzo de 2012

EL MOTÍN DEL SUR DE GRAN CANARIA DE 1718-19. (4ª Parte)

PROCESO CONTRA LOS DETENIDOS.

Catedral de "la ciudad de Canaria". FEDAC

PABLO GUEDES GONZÁLEZ

Como habíamos indicado en el capítulo anterior, los detenidos se encuentran encerrados en la ciudad de Las Palmas GC y el proceso contra los mismos se encamina a su final.

El procurador presenta un pliego de descargo solicitando la absolución y expresando que los acusados acudieron junto con el pueblo, convocados en nombre del Rey, debido a que constantemente hay moros en la costa y los vecinos acuden a la llamada para la defensa. Además estima poco honorable el comportamiento de Amoreto, que intenta acumular posesiones en la Isla y sujetar a los campesinos como sus medianeros. Los vecinos de Agüimes venden en el mercado de Las Palmas sus excedentes de cereales, mientras Amoreto especula con los suyos, para venderlos en Tenerife, aún en los momentos en que por falta de granos la justicia registra los graneros. En definitiva, presenta como un peligro social el excesivo poder y tierras que iba adquiriendo Amoreto.

Amoreto también presenta un escrito en la causa en el que parece que él es más fiscal que parte en el juicio. Solicita que el castigo sea ejemplar y extremo, no se conforma con pena inferior a la de muerte. También intenta sustentar la hipótesis de que hay otros elementos detrás del motín, se pregunta que como puede ser espontáneo el motín en el que los sublevados fueron convocados de barrio en barrio. Dice además que muchas tierras están por desmontar debido a la “flojedad de los reos”. Las tierras de Sardina, bajo su iniciativa se convertirán en poco tiempo en un beneficio, en bien público, “pues los vecinos no siembran ni la tercera parte, ni la pobreza que lamentan les da lugar a simientes y él las sembrará todas y dándoles simientes, pudieran aquellos vecinos”.

El día 5 de enero de 1719 se constituye la Sala de la Audiencia presidida por el Capitán General. Se relaciona el delito: Motín. Según la ley, la pena para este delito es la máxima, la horca, para los principales encausados y galeras y azotes en público al resto. Diego de Tolosa, que también constituye el tribunal, es el principal instigador de la dureza de las penas. Desde el principio había tomado partido contra los campesinos.

El general Chaves, demostrando inteligencia y previendo que estas penas vayan a ocasionar un rebrote fatal del conflicto, demuestra mayor sensibilidad que el resto de jueces y tomado la palabra expone, que a él como militar no le asusta el oficio de imponer castigos ejemplares, sin embargo presagia que penas de semejante calibre, a las que los naturales no están acostumbrados, produciría un efecto contrario al que persiguen, lo que le obligan a ser benevolente. Añade además la falta de fuerza armada, pues los milicianos están constituidos por el propio pueblo al no haber fuerzas regulares. Valora también “lo remirado, pobreza y clamor de los campesinos que se sentían despojados”.

Plaza de Santa Ana y Ayuntamiento 1909. FEDAC.

Al final se vota la sentencia, siguiendo las tesis del general y es publicada el día de reyes. Se condena a 22 imputados por delito de tumulto y 5 quedan absueltos. Los sancionados son 5 a trabajos forzados durante cuatro a diez años en Ceuta, ocho a destierro de la isla, y los otros 9 a penas adecuadas por el Consejo de Castilla.

Además eran condenados mancomunadamente, incluso los absueltos, al pago de las costas del proceso, indemnizar a la Real Hacienda por los perjuicios que le hubieran ocasionado, como el viaje del general, gastos de cárcel, etc. Ese día por la tarde los condenados son conducidos al barco del General que está en la Caleta de San Telmo, con el fin de trasladarlos al día siguiente a Tenerife.

AL CONOCERSE LAS PENAS, ESTALLA UN NUEVO MOTÍN QUE LLEGA A LAS PALMAS GC.

Conocidas las penas, comienzan los clamores, los vecinos pensaban no tanto en el exceso de años sino de no valer el pueblo de Agüimes lo suficiente para pagar los gastos e indemnizaciones. Además sospechaban que una vez fuera de Gran Canaria los reos podrían sufrir mayores penas.

Al llegar las noticias a Agüimes, se pueden imaginar las escenas de llantos y griterío de las mujeres y parientes de los condenados. A esto se les suma la rabia por sentirse engañados y por tanto ese mismo día se pone en marcha un gran número de vecinos hacia Las Palmas.

El día de reyes, unos 60 hombres y mujeres llegan temprano a la Plaza Mayor, para solicitar al Capitán General la libertad de los presos, pedían a voces que les llevaran a ellos, pues eran de la misma suerte cómplices. El general intenta atajar el alboroto desde el principio, por eso baja a toda prisa echándose la casaca por encima del hombro, se presenta en medio del grupo y los trata con aspereza, pero la gente no se aquietan ni se impresionan por lo que desenvaina el espadín y les acomete, haciéndoles retroceder por la plaza hasta el atrio de la catedral.

Según pasa el tiempo se incrementa el número de vecinos y el tumulto se convierte en motín y ya no solo hay vecinos de Agüimes, sino de todos los pueblos y la ciudad.

En una carta del Cabildo al Rey se expresa que si bien era una rebelión pacífica sería inflexible: “…pues aunque la obstinación no pasó a experimentarse, se extendió al estar lleno de resentimiento popular de las demas Vecindades, haciendo común la causa de que lo que sucedía era por un particular, que siendo poderoso aspiraba a opulento, en contrapeso del daño de tantos pobres y de utilidad Pública, que en su concepto se consideraba interesada toda la isla en la participación de los granos, carnes y pastos para sus ganados que de dichas tierras se producen y alimentan a menos precio que de anexarse dichas tierras”.

Fachada del antiguo Ayuntamiento incendiado en el siglo XIX.

El general hace venir soldados del presidio, y toma algunas bocacalles y accesos, saca cinco piezas de artillería ligeras que estaban en las casas del Cabildo, emplazándolas en puntos estratégicos.

Había ya en la plaza unos 800 hombres que tenían rodeados al general en las casas episcopales y que decían que no los dejaban salir si no soltaban los presos. El general amenaza con hacer fuego si no se disuelven y en prevención acude todo el cabildo eclesiástico, los dominicos, franciscanos, agustinos, jesuitas en procesión así como Ayuntamiento y otras autoridades, que se interponen entre unos y otros e intentan convencer a los amotinados para que salgan de la ciudad.

Para evitar el derramamiento de sangre los amotinados abandonan la plaza y ocupan todos los accesos a la Caleta donde está el barco de los presos, impidiendo el paso a todas las personas y reconociendo incluso a las mujeres por si el general quiere salir disfrazado.

Sigue aumentando el número de los amotinados y muestran ya incluso arcabuces y picas y diciendo “que todos eran de Agüimes”.

Los frailes recomiendan al general Chaves que suelte a los presos, a lo que este se niega, rogándoles los frailes que era la única solución pues de lo contrario habría un gran derramamiento de sangre y además no habían tropas para enfrentarse a los vecinos.

El general convoca una junta de coroneles, en la que se reúnen, el de Las Palmas, el de Telde, suegro de Amoreto y el de la Laguna, que formaba parte del séquito. En el se conmina a los coroneles que en caso de no atacar con sus fuerzas a los amotinados, serían considerados como cómplices de los mismos. Los coroneles se muestran decididos a cumplir las órdenes pero eluden responsabilidades, porque están seguros de que sus hombres les desobedecerán, colocándose al lado de los revoltosos. Solo cabe una salida que es la de liberar a los presos “por constar que cada vez es mayor el número de los tumultuados, por habérseles agregado todos los de las villas inmediatas, y seguiría toda la isla”.

LA PRESIÓN DEL PUEBLO HACE QUE LIBEREN A LOS PRESOS.


Al anochecer los amotinados tenían un nuevo grito de guerra: “De noche serán todos de Agüimes”, lo que quería decir que una vez fuera imposible la identificación, pasarían a la acción. Viendo la situación, el general hace que los coroneles y representantes de la Audiencia firmen un documento por escrito donde reflejen su opinión de soltar a los presos, y él mismo ordena que los presos sean entregados al deán y superiores de las comunidades religiosas.

Liberados los presos esa noche, los amotinados, exaltados con el éxito logrado con sus peticiones, resolvieron que habían de conseguir otras dos cosas: buscar las banderas, insignias y cajas que estaban en la casa del Corregidor y quemar en el centro de la plaza de Santa Ana, todos los documentos del juicio.

Al día siguiente de mañana, van a coincidir a la entrada de la Ciudad los hombres del Regimiento de Telde, y un numeroso grupo de vecinos de Agüimes, que habían pasado allí la noche. Los milicianos venían con su coronel, el suegro de Amoreto, llamados para mantener el orden. Pero los milicianos dijeron a los de Agüimes: “que no harían tal cosa; que si vieran moros o enemigos del Rey, estaban promptos; con vecinos nunca tomarían las armas”.

Ciudad de Telde y camino a Las Palmas GC. FEDAC

El coronel consiguió el efecto contrario que perseguía porque los milicianos se unen a los de Agüimes y sobre unos mil quinientos amotinados, penetran en la ciudad con el objeto de ir en busca de las banderas, dirigiéndose a la casa del Corregidor y este viendo los acontecimientos y temiendo por su vida, se las entrega. Después, el tumulto se dirige a la Plaza de Santa Ana donde se encuentra el Tribunal con los actos y procesos del juicio contra los amotinados, con el objetivo de destruirlos.

Pero vemos aquí de nuevo el papel apaciguador de la Iglesia. Los jesuitas y canónigos en hábitos de coro sacan en procesión al Santísimo Sacramento, mientras los dominicos llevan la Virgen del Rosario, y también se incorporan franciscanos y agustinos. En previsión de hechos sangrientos, esta comitiva se interpone entre los amotinados y las piezas de artillería que el general tenia apostadas en los accesos.

Debido fundamentalmente a la profunda religiosidad del pueblo, impresionados por la presencia del Santísimo y la virgen en la calle, y al poder disuasorio de los padres, los amotinados deponen su actitud y comienzan a abandonar la ciudad.

Pero los amotinados no se retiran a Agüimes, acampan en Jinamar en espera de que el General Chaves Osorio abandone la isla. Este no embarca debido al mal tiempo y a la presencia en las islas de dos naves corsarias inglesas que habían apresado dos barcos. Los amotinados creen que Chaves esta esperando para atacarles y hasta que este no parte a Tenerife el día 11 de enero, no regresan a sus pueblos.

Al llegar Chaves a Tenerife, el Consejo del Cabildo de esta isla, le ofrece las rentas de sus bienes propios, e incluso los privados de sus regidores para financiar la merecida operación de castigo a que eran acreedores los grancanarios, a lo que se niega pues el problema está en manos del Rey y su Consejo.

EL REY RESUELVE A FAVOR DE LOS VECINOS.

Transcurridos todos estos hechos el Consejo de Castilla resuelve a favor de los vecinos y la Audiencia y el comandante general, reciben ordenes del Rey no solo de olvidar las penas pronunciadas, sino de que los reos y sus compinches reciban un trato exquisito: “…que por ahora absolutamente se sobresea y se suspendan los procedimientos y las causas de los referidos alborotos y tumultos, sin molestar a los reos, ni o otros algunos…por ellos, ni inobar en el estado que se allaren en cuanto a las tierras y sus vienes, ni hacerles agrauios, ni vexaciones de que tengan motivo de quexas, de modo que comprendan haberse extinguido la criminalidad de este asunto y se logre la anterior y universal quietud de las islas con aplausos y justificación de S.M.”.

Amoreto viendo los acontecimientos no renuncia a las tierras y pone como enemigos suyos a los que atacará, al Obispo y Cabildo Catedralicio y a los poderosos que se le enfrentan, encabezados por Cristóbal de la Rocha, al paso que denuncia el desgobierno reinante y la quiebra de la justicia.

Al primero a quien ataca en sus escritos en la Audiencia es al Obispo y sus “secuaces” de los que dice que los vecinos de Agüimes son sus vasallos (Señorío Episcopal) y bajo apariencia de defensa de los intereses del vecindario busca extender la máxima extensión en otros términos de superficies destinadas al aprovechamiento comunal de los ganaderos de la villa. De esta manera al liquidar los diezmos en ellos enriquecían la silla episcopal. Acusa además al Obispo de influir en la justicia por el peso de la Iglesia en el seno del Consejo de Castilla. Le acusa además de ofrecer a los amotinados el dinero para realizar el remate.

La Audiencia desestima las peticiones de Amoreto y lo condena a pagar una multa de 50 ducados por denigrar la persona del obispo sin aportar pruebas convincentes.

Amoreto ataca también en sus escritos al teniente coronel Cristóbal de la Rocha Bethencourt. Las dos casas tienen una rivalidad creciente buscando la hegemonía en Telde y en el sureste de Gran Canaria. Disputan en tierras y también en la hegemonía del mercado regional de la sal pues las salinas más importantes del Archipiélago se encuentran en Castillo del Romeral, e incluso la casa Rocha posee la fortaleza mejor pertrechada de las islas en cuanto a hombres y artillería.

Don Cristóbal acompaña a los vecinos en la entrevista con el Capitán General y participa activamente en la colecta de dinero y extensión de poderes a procuradores en Madrid. Su hermano Jose participa también en la revuelta, movilizando hombres de casa en casa.

Este enfrentamiento de Rocha con Amoreto continuará en 1723 al producirse un nuevo alboroto en Telde contra el alcalde Jerónimo Falcón, nombrado por el fiscal Román durante su estancia en Telde con recomendación de Amoreto y Pedro del Castillo. Por este incidente el Consejo de Castilla prohíbe a Rocha y Amoreto poner planta en el término de Telde, y Amoreto es desterrado temporalmente en Galdar.

El 3 de noviembre de 1725 el Consejo de Castilla pronuncia sentencia ejecutiva, las tierras de Sardina y Llano del Polvo eran adjudicadas al vecindario de Agüimes, con las mismas facultades contenidas en la Real Cédula a favor de Amoreto. A éste se le reintegraba el importe de su remate. Entre 1719 y este año los vecinos habían continuado con el laboreo de las tierras.

SITUACIÓN DE LAS TIERRAS DESPUÉS DEL MOTÍN.

Fotomontaje elaboración propia mapa situación de las tierras en el momento del motín. La parte de las salinas corresponde a foto aérea de 1955, que creemos igual a la de la época de 1719.

Debido a las malas cosechas, unos ochenta propietarios, se vieron obligados en 1739 a ceder la mitad de la superficie de las tierras de Sardina al doctor Domingo Mendoza Alvarado, canónigo de la Catedral y juez de la Santa Cruzada, quién fundará un vínculo sobre ellas en 1757. Son las tierras que posteriormente pasarían a llamarse El Doctoral, que reciben este nombre por el título de doctor del canónigo.

En cuanto a las Tierras del "Tabaibal del Castillo",  continuaron como comunales de los pastores de Agüimes, y fueron posteriormente explotadas por la familia Guedes, donde mantenían su ganado, cuyo corral estaba en "La Cañada del Mato" situado a poca distancia de donde hoy se situá la urbanización de chalets de Castillo del Romeral, al lado de la carretera de Unelco (Ver nuestro artículo LA CUEVA DE LA MAJADILLA. MORADA DE LOS PASTORES GUEDES, EN AMURGA. )

Mapa elaborado a partir  de pleito entre familia Rocha y el condado sobre las salinas de Barco Quebrado (AHPLP, Audiencia, proceso 1222). Hemos sobrescrito los caracteres, para hacerlos mas legibles.

En 1787 y como continuación del pleito sobre las salinas de Barco Quebrado, que mantenían las dos familias, los Rocha y la del Condado, descendientes de Amoreto, desde el motín,  se realiza el mapa adjunto que consultamos en el Archivo Histórico Provincial, donde podemos ver la situación de las tierras en esas fechas, pensamos que en la misma situación que antes del motín, salvo las tierras de El Rodeo y Aldea Blanca, que ahora pertenecen al Condado.

En esta situación continuaron las tierras hasta que se produce la  entrada en vigor la Ley de Desamortización de Mendizábal que hizo que todos los bienes eclesiásticos (y a partir de 1860, los bienes públicos), pudieran ser adquiridos por particulares, mediante pagos al Estado. El estado buscaba aumentar sus arcas con la subasta de los terrenos realengos. Así a partir de 1873, el Estado pone en venta las tierras que considera propias. y según Francisco Tarajano (Memorias de Agüimes VI)  "fueron perjudicadas cientos de personas de Agüimes, de Ingenio, de Sardina, y las que  vivían de los bienes del clero, de los bienes del común y de tierras realengas como arrendatarios o medianeros. Muchas personas quedaron sin trabajo y otras emigraron en busca de fortuna".

Es por estas fechas,  1873-75, cuando el Conde de la época compra el 20% del territorio de San Bartolomé de Tirajana, en la desamortización civil de los bienes del Estado. Ello sumado a sus anteriores propiedades representaba la posesión por el Condado del 33% del territorio municipal. En ese momento son compradas las tierras del Tabaibal del Castillo, que eran explotadas por los Guedes y su ganado, lo que origina la leyenda de esta familia ya comentada.

Según Betancourt Massieu, el estado intentó, con la desamortización de 1855, rematar las tierras de Sardina nuevamente, lo que provocó otro largo pleito, que ganaron los vecinos en 1870.

BIBLIOGRAFÍA

BÉTHENCOURT MASSIEU, Antonio de, El Motín de Agüimes-Las Palmas (1718-1719), Anuario de Estudios Atlánticos (Las Palmas de Gran Canaria/Madrid), 33, (1987), pp. 51-160

BETHENCOURT MASSIEU, A. (2001): El Motín de Agüimes - Las Palmas (1718-1719). Ediciones del Cabildo de Gran Canaria.

BETHENCOURT MASSIEU, A. (2001): La Revista del Regimiento de Telde. Aportación a la historia de las milicias provinciales de Canarias.(1999). Revista Vegueta nº 4. Pags. 169-176.

CAZORLA LEÓN, Santiago. 1999. Los Tirajanas de Gran Canaria: notas y documentos para su historia. Ayuntamiento San Bartolomé de Tirajana.

GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, Ángel V.: El sureste de Gran Canaria. 2001. Ayuntamiento de Santa Lucía. Pág. 166.

GUEDES GONZALEZ, Pablo. 2011. LA BATALLA CONTRA LOS FRANCESES EN MASPALOMAS, EN 1685. (1ª Parte)



PINTO DE LA ROSA, José María. 1996. Apuntes para la Historia de las Antiguas Fortificaciones de Canarias.Madrid: Tabapress y Museo Militar Regional de Canarias. . 32x24 cm; 764 p.; 467 mapas, planos y dibujos. Elaborado de 1933 a 1947.

SUAREZ V., RIVERO B., LOBO M., GONZÁLEZ A.: (1995). “La comarca de Tirajana en el antiguo Régimen”. Colección Pancho Guerra. Ed. Ayto S. Bme. T. y ULPGC. Pág. 116-117

SUAREZ GRIMÓN, Vicente, QUINTANA  ANDRÉS, Pedro. 2003. Historia   de  la  Villa  de Agüimes (1486-1850) (Tomos I y II). Ayuntamiento de Agüimes.

SUAREZ GRIMÓN, Vicente. 2008. El motín de Telde de 1723.

TARAJANO PÉREZ, Francisco: Memorias de Agüimes VI. 2003. Ayuntamiento de Agüimes. Pág. 55.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

COMPARTE ESTE ARTÍCULO CON TUS AMIGOS EN LA RED: (pincha el botón de tu red social)